martes, 24 de diciembre de 2013

INJERENCIAS NAVIDEÑAS

Me pregunto quién le dio vela en este entierro a Santa Claus, Papa Noel o como quiera que se llame ese señor gordo, que se ríe a saber de qué o de quién y que llega cada Navidad en un trineo tirado por renos llenos de campanitas (muy español, sí señor, lo de los renos y el trineo). Y es que esto de las tradiciones más ancestrales o las cuidamos entre algodones o llegan los anglosajones y nos la introducen con calzador haciendo creer a nuestros hijos que son de toda la vida y que nuestros tatarabuelos aguardaban la llegada de Papa Noel cantándole villancicos a la luz de una hoguera en nochebuena.

Que no, que no. Reconozco abiertamente que la televisión y el cine, ayudados por los Centros Comerciales, han influido mucho en esta “moda” que nos es ajena totalmente. Por eso, reivindico el belén, el nacimiento, las zambombas, la noche de Reyes Magos y, si me apuran, el árbol (que reconozco que decora mucho en el salón). Abogo por crear un cortafuegos en los Pirineos que impida la entrada de esos virus que infectan nuestras costumbres. Reclamo una asignatura obligatoria denominada “Tradiciones”, que enseñe el porqué de nuestras fiestas y celebraciones y que ponga freno a las injerencias extranjeras. Exijo que se subvencionen por decreto la colocación de los belenes en las casas y las fiestas de Reyes en las guarderías. Solicito que se declaren patrimonio de la humanidad las zambombas en los patios de vecinos y las exposiciones de dioramas y belenes. Que se blinden por ley los puestos de castañas, la venta de figuritas de nacimiento en la calle, las panderetas y las botellas de anís del mono (tan esenciales para que la fiesta surja). Demando que se declare persona non grata a Santa Claus (¿Qué nombre es ése y porqué se le llama santa? ¿No será santo?, o ¿Es que no es un señor y es señora?). Además pido que se cubra con cazas del ejército del aire el espacio aéreo español para que el trineo de Papa Noel no pueda acercarse a la piel de toro. Con esto, podríamos parar esta invasión anglosajona que amenaza con imponernos el festivo 4 de julio como Fiesta de la Independencia, el día de San Patricio, el de acción de gracias y otras festividades tan “poco nuestras”. 

Ya nos la colaron hace años con Halloween y esos muertos vivientes y zombis que nos piden truco o trato a las puertas de nuestra casa con calabazas horadadas (qué miedoooor, como diría Chiquito). Pues bien, se han cargado de un plumazo siglos de historia de la noche de Todos los Santos. Así, por la cara. Como también hace años nos impusieron el Día de San Valentín con la complicidad también de algún Hipermercado que colgaba corazoncitos rojos en sus escaparates y que te “obligan” a regalar algo a tu media naranja. Reconozco que, en esto último, también influyó mucho la película de Concha Velasco de los años 60 (qué miedoooor). ¡Uy, ya no tengo más espacio para el artículo!. En fin, que les deseo una feliz entrada de año a todos. Nos vemos en 2014!!!

jueves, 19 de diciembre de 2013

JUGUETES SIN LÍMITES


(Artículo publicado en Viva Jerez el 19/12/2013)
Recuerdo que ese día me levantaba rápido de la cama. En cuanto abría los ojos y me daba cuenta de que era de día corría por el pasillo en busca de los regalos que los Reyes habían colocado de madrugada en el salón. El corazón me palpitaba y los ojos se me iluminaban con fuerza cuando abría las cajas con el coche teledirigido o el balón de reglamento. Y todo ello regado de caramelos que sus majestades habían depositado en los calcetines junto al Belén. Sonrío mientras lo recuerdo porque probablemente era, para mí (supongo que también para ustedes) uno de los momentos más entrañables del año. Pasó el tiempo y me hice mayor, pero durante años he sentido casi las mismas sensaciones cuando mis hijos repetían el ceremonial esa mañana del 6 de enero. Es cierto que siempre hubo familias sin recursos, pero ahí estaban las organizaciones sociales para echarles un cable. Y los Reyes Magos nunca se olvidaban de esos niños. 

Pero las circunstancias han cambiado. El envite de la crisis ha provocado que la lista de niños y niñas que podrían no tener un juguete este 6 de enero sea demasiado larga. Así me lo constataron recientemente Nela, Lorenzo y Manuel, los “representantes de los Reyes en Jerez”. Pero aún estamos a tiempo. Y la mejor forma es uniendo esfuerzos, sumando voluntades, remando todos en una misma dirección. Así nace “Juguetes Sin Límites”. Una iniciativa solidaria que, desde hoy jueves, 20 al lunes, 30 de diciembre pretende revertir esta situación con la recogida de juguetes nuevos en el centro de Jerez. Para ello se ha contado con la colaboración de casi 40 entidades, organizaciones e instituciones de la ciudad que han hecho suya la campaña. Porque juntos sí podemos conseguirlo. 

Organizado por Sinlímites Comunicación y Carcajadas Animación, la campaña cuenta con el patrocinio del Ayuntamiento de Jerez, el Grupo Romero Caballero, ACOJE, ASUNICO, los comerciantes de La Plaza, Escena Lírica Producciones, los Reyes Magos, Gestores Inmobiliarios de la Provincia de Cádiz, Caleta y Mónica Padilla, autora del magnífico cartel que anuncia la campaña. Colaboran la ONCE, Cáritas, la Federación vecinal “Solidaridad”, Proyecto Hombre, la Asociación de la Prensa, el Club Nazaret, la Asociación Santo Ángel, la Asociación de Belenistas, el Club Rotary, UPACE, CEDOWN, Ateneo de Jerez, Ateneo Cultural Andaluz, Amigos del Archivo, Asociación de Familiares de Alzheimer, Urban Oasis, La Calesa, Oxfam Intermon y Komuniko. Sin olvidarnos de los medios de comunicación, VIVA JEREZ, Onda Jerez RTV, Reporteros Jerez, Canal Sur, Cope, Diario de Jerez, Más Jerez, Alcázar de Jerez, Grupo Radio Jerez y Frontera Radio. El lema de la campaña resume su espíritu: “No pongas límites a la ilusión”. Lugar de recogida: Centro Comercial “Jerez Plaza”, entrada por calle Doña Blanca. Horario: de 11 a 14 y de 17 a 21 horas. Participa con nosotros.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

SENTIDO COMÚN


(Artículo publicado en Viva Jerez el 12/12/2013)
Que la cosa está malita es de sobra conocido por todos. No hay reunión en la que no se hable del miedo que se nos ha instalado en el cuerpo ante un presente negro negrísimo y un futuro peor aún si cabe, sin luz al final del túnel y sin brotes verdes que nos señalen un horizonte despejado. Todos conocemos a decenas de amigos, conocidos o familiares a los que un expediente de regulación les ha puesto de patitas en la calle. 

Es posible que usted sea uno de ellos y ahora esté leyendo este artículo asintiendo con la cabeza mientras se pregunta quién demonios lo va a contratar con la edad que tiene. Igual es usted uno de esos que apostaba por jubilarse en la empresa en la que trabajó toda la vida, y ahora tiembla tras el último recorte salarial y no las tiene todas consigo al ver cómo está el patio. O es un pensionista que, tras toda una vida cotizando, se ve ahora con cuatro perras mal contadas que debe compartir con unos hijos en paro que vuelven a casa todos los días para comer y cenar acompañados de su familia. Quizás seas un joven estudiante a punto de terminar la carrera que observa con miedo el frío que hace fuera, en una calle vacía de oportunidades; o bien eres un licenciado con tres idiomas y dos másters y dispuesto a repartir pizzas tras haberse dejado las suelas y las ilusiones echando curriculums. Sinceramente no sé qué va a ocurrir ¿Alguien lo sabe?. Los que entienden de macroeconomía (esos que un día auguraban la fecha de salida de la crisis) hace tiempo que tiraron la toalla y ya nadie les cree. De los políticos, en general, mejor no hablar, porque sus acciones, o mejor dicho, sus omisiones los definen. Creo, como muchos, que la política es este país habría que refundarla, o mejor dicho, refundirla como las campanas. Solo así volveríamos al concepto griego que preconiza la democracia real, el poder (kratos) del pueblo (démos). Porque probablemente lo peor de todo esto sea el hartazgo, el cansancio, la conformidad que se ha instalado en esta sociedad. De vez en cuando surgen movimientos como el 15M que nos inyectan esa energía necesaria para alzar el puño y luchar por lo que nos corresponde, pero al poco se diluyen como azucarillos en el café, se desinflan arrastrados por esa marea de desaliento viral que nos contagia a todos. No me pregunten cómo debemos salir de ésta. 

Desgraciadamente no tengo una varita mágica. Soy un simple periodista que en ocasiones dibujo en una columna la realidad que me rodea, sin ambages, sin edulcorarla lo más mínimo. Aunque el sentido común me dice que o pegamos un puñetazo en la mesa y decimos basta ya y hasta aquí hemos llegado, o el barco se va inexorablemente a pique. Y eso se logrará cuando todos, y cuando digo todos es todos, nos levantemos y rememos en una sola dirección, sin hacer la guerra por nuestro lado, dejando atrás el pesimismo y exigiendo lo que nos pertenece como seres humanos. Por sentido común.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

RICART

(Artículo publicado en Viva Jerez el 5/12/2013)
El único condenado por el triple crimen de Alcàsser está desde el viernes pasado en la calle. Otro efecto colateral de la eliminación de la famosa “Doctrina Parot” que ha propiciado la salida de prisión de decenas de asesinos de ETA y de otros presos que, con las manos manchadas de la sangre de inocentes, nunca pidieron perdón a sus víctimas ni buscaron ayuda psicológica. Dejando aparte el lógico malestar que supone que este individuo en concreto ande suelto de nuevo por las calles, en estos días he visto cómo algunos medios de comunicación han empezado a perseguirle para que hable, y también han buscado a sus familiares, especialmente su hija, para dar pábulo y remover toda la mierda que sea posible. 

Otra vez haciendo caja con el morbo a cuenta del sufrimiento de Míriam, Toñi y Desireé. Todo por la audiencia, por el share. Imagino a los periodistas enviados por sus jefes para perseguir a Ricart desde que salió de la cárcel, meterse con él en el tren, intentar ganarse su confianza con zalamerías y haciéndose los comprensivos con una persona condenada a 170 años de cárcel por tres crímenes horripilantes. Hay algún medio que además le ha pagado por unos días un hotel de muchas estrellas en Madrid, con la esperanza de que hable y rentabilizar esa inversión, aunque nadie admite públicamente que pueda pagar a Ricart por romper su silencio en un plató de televisión, e incluso Antena 3 ha retirado de su web la entrevista que le sonsacó, por las críticas de sensacionalismo recibidas. Y viene a mi memoria de nuevo la autocrítica que hicimos los periodistas tras el lamentable espectáculo que dimos cuando fueron localizados los cadáveres de las niñas, y las condenas judiciales posteriores a quienes usaron los medios para calumniar e injuriar a los investigadores del caso, y alimentar teorías conspiratorias que todavía hoy algunos creen. 

Una mala praxis que repasó hace unos años la periodista Amparo Bou por encargo del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, dentro de un libro colectivo sobre el tratamiento informativo que se suele dar a los niños, tanto cuando son víctimas como cuando son los autores de un hecho criminal. Y es que después de varios intentos de sonsacar a Miguel Ricart para que hable, veremos en lo que resta  de semana si algún medio le tienta lo suficiente, y comprobaremos si éstos cumplen su cometido ético y su promesa de no pagarle por una entrevista. Ciertamente, como todos saben, no corren buenos tiempos laborales para la profesión periodística. Ahogados con EREs, cierres de medios y precaridad, lo único que faltaría es que le echáramos ahora más tierra encima dando pábulo al desgraciado de Ricart. Espero que hayamos aprendido de los errores pasados, por respeto a las familias de las tres niñas, y por la dignidad del periodismo.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Sinlímites Comunicación

Sinlímites Comunicación ha alcanzado ya los 1.000 "Me gusta!. FELICIDADES

REFLEXIONES


(Artículo publicado en Viva Jerez el 21/11/2013)
Dos noticias me han llamado poderosamente la atención en los últimos días. De un lado el dispendio megalómano del obispo de Limburgo (Alema
nia) al gastarse 40 millones de euros en su residencia episcopal, entre el que se incluía una bañera de 15.000 euros. Y de otro, una noticia de la semana pasada que hablaba de un inversor anónimo que había adquirido por la cantidad de 140 millones de euros una pintura de Francis Bacon, considerada ya como la obra de arte más cara jamás subastada. Y casi en paralelo, los medios de comunicación nos siguen ofreciendo aún hoy las duras imágenes del desastre ocasionado en Filipinas por el tifón Haiyan que ha provocado la muerte de miles de personas. Ver a de hombres, mujeres y niños deambulando por ciudades arrasadas, sin tiendas ni hospitales, sin agua corriente, sin ropa ni comida, da que pensar. No me dirán ustedes que, sin querer caer en la demagogia barata, ambas noticias necesariamente se entrelazan y chocan en la mente de cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad ¿Saben cuantas miles de vidas se salvarían en Filipinas con los 40 millones de euros del obispo alemán o con los 140 millones de la pintura de Bacon?

Cuando pienso en estas cosas me pregunto qué narices está pasando en esta sociedad que deja morir de inanición a sus vecinos porque son de otro color, otra raza u otro continente mientras en este primer mundo de pantomima se fichan a figuras del fútbol por millones de euros y aumentan las ventas de mansiones y yates de lujo. Porque, no nos engañemos. Aquí, los ricos siguen siendo igual o más ricos que antes. Pero los pobres son más numerosos y más pobres que antes. Eso dicen los recientes datos de Cáritas. El dinero es el mismo pero ahora está en poder de unos pocos que lo atesoran en paraísos fiscales olvidando la necesaria austeridad en la que vivimos la mayoría de mortales que un día creímos pertenecer a la “clase media alta” porque teníamos un pisito en la playa, un todoterreno en el garaje, un unifamiliar con jardín y un imán de nevera recuerdo del viaje a Cancún quince días con la pulserita con todos los gastos pagados. Pero todo era un espejismo. Una verdad a medias con los pies hundidos en el barro de una realidad que casi nadie quiso ver ¿Para qué? Vivíamos bien y al día. Teníamos crédito ilimitado. Algunos tenían grabado a fuego el lema “Gasta lo que debas aunque debas lo que gastes”. Tarjetas de crédito a tutiplén, dos o tres hipotecas, 300 invitados al bautizo de mi niña… 

Y entonces cayó la tramoya, el decorado ficticio de un teatro de pantomima que escenificaba una realidad que era una farsa. Y ahora lloramos como plañideras por lo que pudo ser y no fue. Por un piso en la playa que no podemos vender. Por una hipoteca que no podemos pagar. Por unos juguetes de reyes que no podemos comprar. Y llegan los EREs y los expedientes de regulación y lo despidos al amparo de la “contrareforma laboral”. No sé. Hoy me he despertado reflexivo y pesimista. Y quería compartirlo con ustedes. Ya está.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

UNA EXPERIENCIA SOBRENATURAL


(Artículo publicado el 7/11/2013 en Viva Jerez)
El pasado fin de semana viví una experiencia sobrenatural, inaudita, escalofriante... Tres días de vacío, de incomunicación. De pálpitos, mirada perdida y sudores fríos. Una ansiedad que crecía a medida que pasaban las horas en la casa de campo en la que nos quedamos el puente de Todos los Santos, junto a tres parejas más y los niños. Un oasis entre Algodonales y La Muela, rodeado de montañas, ganado vacuno, olivos y parapentistas que poblaban el cielo. Un paraíso para descansar. Hasta aquí, todo bien. Lo realmente escalofriante es que ¡No había electricidad ni cobertura de móvil! Sí, como lo oyen. Supongo habrán lanzado un terrorífico grito al pensar en esta situación. Pero juro que así fue. Nada hacía suponer el viernes, cuando llegamos, lo que estaba a punto de suceder. Cervecitas, choricito picante y queso de cabrales, pan de la venta Las Cuevas y un guiso de papas con chocos que daba gloria verlo. Cafetito, cubatitas, animada charla, qué bonito el paisaje... Hasta que anocheció. 

Y aquí comienza el relato más terrorífico de cuantos habrán oído nunca. Sin luz, sin electricidad para cargar unos móviles que a estas alturas comprobamos que no tenían ni una rayita de cobertura, deambulábamos con velas como almas en pena entrando y saliendo de la casa. Aislados del mundo, sin noticias del exterior, sin televisor ni vídeo, sin Facebook ni Twitter, sin Smartphone ni Ipad, sin Play ni Nintendo para los niños. Supongo que estarán aterrados al imaginar esta situación ¿no? ¡Pues es verdad!. Algunos hacían malabarismos con el móvil buscando cobertura. Otros intentaban recordar cómo se jugaba al parchís, un juego primitivo que se popularizó a mediados del pasado siglo y que alguien encontró en un cajón. Los niños, babeando, con la mirada perdida y encerrados en una habitación, repetían el mismo mantra una y otra vez: “Nos aburrimos, nos aburrimos”. Al no haber nevera, alguien trajo una extraña barra helada que al introducirla en un barreño ¡enfriaba la bebida y duraba varios días! Incluso debíamos verter agua en el retrete porque no había acometida. Yo intenté averiguar el mecanismo de un aparato con tulipa llamado quinqué. Pero no tuve éxito. ¡Alguien dijo que así vivían nuestros abuelos, pero nadie le creyó ¿Cómo podría nadie vivir así? 

Al día siguiente, el sol nos dio un respiro pero solo pensar que pasaríamos dos días más en aquel lugar nos hundía en la miseria. Ni el multicolor desfile de parapentes sobre nuestras cabezas, ni el bucólico paisaje que se presentaba ante nosotros consiguieron aliviar la incomunicada realidad que padecíamos. Por fin, el domingo por la tarde, sin color en los rostros, serios, apocados y alicaídos, regresamos a la civilización. 15 llamadas perdidas en el móvil, 23 mensajes en Facebook.  Encendí todas las luces, abracé el portátil y besé mi pantalla de plasma. Mi hijo encendió la Play, la Wii y mandó 25 whatsapp a los amigos. Han pasado tres días y aún, al recordarlo, se me ponen los pelos como escarpias... 

miércoles, 23 de octubre de 2013

CULTURETAS


(Artículo publicado en Viva Jerez el 24/10/2013)

Me fastidian ese tipo de personas que te miran por encima del hombro cuando dices que te gusta el cine de Esteso y Pajares, que has leído “Las sombras de Grey”  o que no te pierdes un episodio de “Con el culo al aire”. Sí, hablo de esos culturetas que esbozan una leve sonrisa de superioridad porque no has visto subtitulada la última película de ese director esloveno de renombre que no lo conocen ni en su casa a la hora de comer.

Esos que se creen por encima del bien y del mal y que se autoexcluyen en tertulias literarias y en foros elitistas en un afán de demostrar lo buenos que son y lo mucho que saben. Esos que utilizan palabras rimbombantes, términos seudocultos o expresiones ininteligibles para poner una barrera invisible con el resto de mortales. En esta fauna incluyo a algunos tertulianos, articulistas, críticos o aprendices de escritores o periodistas a los que se les da pábulo en determinados foros porque hablan con voz engolada de la vida de Politkósvskaya, del franco descenso de la microeconomía en Pakistán o de la estructura interna del blastocito, en un intento autoafirmarse y demostrar lo que no son (Alguien afirmó, con razón, que “Todo el que diga yo soy, es porque no tiene a nadie que le diga tú eres). 

No meto a todos en el mismo saco porque, de vez en cuando, te encuentras con personajes de altura que no necesitan demostrar nada porque lo son todo, que se adaptan y que reconocen estar en continuo aprendizaje. Personas de altísimo nivel cultural que se mimetizan con lo que les rodea, que dan a cada cual su sitio y cuya compañía siempre es grata. A esos no va dirigido este artículo. Va enfocado a esos que deberían tener grabado a fuego eso de “Sólo sé que no se nada”.  Esos que nunca reconocerán en público que han visto “La voz” o que alquilan a escondidas el DVD de “El fontanero, su mujer y otras cosas de meter” (Por cierto, una película de culto que no debería faltar en su videoteca, al igual que otros títulos como “Los bingueros”, “Alguien penetró en el nido del cuco” o “Lo verde empieza en los Pirineos”).  Reconozcamos de una vez que alguna vemos “Sálvame”, que ojeamos el “Hola” en la peluquería o que nos dormimos viendo el documental de la 2. No pasa nada por aceptarlo. Podemos ser los más cultos del planeta y, a la vez, aprender de un viejo labrador. Podemos gozar una vez más con “Ciudadano Kane” o “El Acorazado Potemkin” y, a la vez, sonreír con la última de la saga “Torrente”. Leer a Kierkegaard o bucear en la vida de Freud y ojear el “Semana”. De todo se aprende. Lo peor es creerse mejores o superiores por leer, ver o hablar de temas “cultos” y mirar por el encima del hombro a quien no pudo o no quiso llegar a tan “altas cotas” del conocimiento. A estos culturetas les invitaría a ver subtitulada al chino mandarín el clásico: “El fontanero, su mujer...”. ¡De culto, oiga!

miércoles, 16 de octubre de 2013

SEÑOR ESTEBAN


(Artículo publicado en Viva Jerez el 17/10/2013)
Hola, buenas tardes señor Esteban. Reconozco que, en principio, no reaccioné a esa voz caribeña que oía por el móvil. ¿Señor Esteban, está usted ahí? Miré el reloj. Las cuatro de la tarde. Justo en medio de la diaria siesta que no perdono por nada. ¿Quién es, qué quiere? Hola señor Esteban, mi nombre es Flavia y le llamaba para preguntarle si está contento con el consorcio de su celular. ¿Lo qué? Oiga será que son las cuatro de la tarde, que me acaba de despertar de la siesta o la modorra que tengo pero entendí ni una palabra. Señor Esteban. Le llamo desde el consorcio X (entenderán que no haga publicidad a esa compañía telefónica…) y le ofrecemos Internet para su computadora y una línea económica para su celular por tan solo X euros (tampoco publicitaré la oferta). ¿Qué le parece señor Esteban? Es menos de lo que está pagando. Allí estaba yo, sentado en la cama (siempre duermo la siesta en la cama y con pijama), despeinado, con restos de babilla aún en la almohada y mirando fijamente el móvil sin acabar de creer lo que oía. Respiré hondo. A fin de cuentas, esta mujer está trabajando y no seré yo quién la mande a… tomarse un refresco. En primer lugar, señorita, ¿Cómo sabe mi número de teléfono o celular o lo que sea? Y ¿Cómo sabe lo que pago en mi factura? Se supone que son confidenciales. Señor Esteban, los licenciados de este consorcio me pasaron los datos. ¿Qué le parece la oferta? Es única para usted y… ¡No pude más!. 

Reconozco que no estuve muy fino, pero colgué el teléfono dejándola con la palabra en la boca. Un minuto después, volvió a sonar el móvil y, nuevamente, con número oculto (algo que me fastidia sobremanera). Señor Esteban, buenas tardes. Antes se cortó la comunicación. ¿Qué le parece la oferta? ¿Está usted contento con el consorcio de su celular? ¡Y vuelta la burra al trigo!. Señorita Flavia, no quiero cambiar. Estoy contento con mi consorcio, con mi celular y con mi computadora (ya, a estas alturas, se me había pegado el hablar caribeño). Gracias, no me interesa. ¿Por qué, señor Esteban? Es una oferta irrechazable pensada para usted. Lo siento, cuelgo. No me llame más. Lo pensé pero al final no silencié el móvil pensando que no volvería a llamar. 

Y a los 5 minutos, otra vez la llamada oculta. Pensé en estrellar el móvil contra la pared pero ¿qué culpa tenía mi “celular”? ¿Dígame? ¿Señor Esteban? Mi nombre es Graciela (otra telefonista) y le llamaba para preguntarle si está usted contento con el consorcio de su celular. Me encendí. Cambié la voz a más grave y con tono agresivo le dije: Oiga, llama usted con número oculto a la Jefatura Nacional de Policía Criminal. Algo penado por la ley. Identifíquese para proceder a su inmediata detención. Colgó. Ni un comentario, ni una disculpa. Colgó. Aprendí varias cosas de todo esto. A silenciar el móvil durante la siesta. A no responder a un número oculto. A no ser tan paciente ante una compañía acosadora y a desconfiar de alguien que ponga el señor antes del nombre. Por si acaso…

miércoles, 2 de octubre de 2013

POLÍTICAMENTE INCORRECTO


(Artículo publicado en Viva Jerez el 3/10/2013)
Estoy cansado. Harto de los extremos a los que hemos llegado en esta sociedad pretendidamente igualitaria. Hastiado de los excesos a los que nos someten los nuevos adalides de una democracia mal entendida. Fastidiado por tener que comulgar con ruedas de molino cada vez que hablo o escribo en determinados foros como éste. Siempre hay algún miembro o “miembra” escondido tras unas siglas rimbombantes que se aferran a una expresión, a un comentario de un artículo o a una simple palabra sacada de contexto para tacharte de homófobo, machista, rojo, facha, racista o xenófobo. Y no trata de la ofensa gratuita a las minorías sociales, que es execrable a todas luces. Hablo de tener necesariamente que coger el rábano por las hojas cada vez que escribo o hablo con el propósito último de quedar bien con todo el mundo. De tener al lado el diccionario de lo políticamente correcto para revisar mientras se escriben las palabras que “no deben pronunciarse” (aunque aparezcan en el RAE y se hayan utilizado desde siglos), por otras que sí están “permitidas” y que presumiblemente no incomodan a una sociedad a la que le trae al pairo este tipo de eufemismos ridículos y circunloquios absurdos de género o condición para referirnos a personas o situaciones. 

En este artículo, comprobarán que no he puesto ejemplos porque estoy convencido de que me atestarían la bandeja de entrada de mi buzón con insultos, descalificaciones y demás lindezas envueltas, muchas de ellas, en halos aleccionadores y llamadas constantes a la contrición de mis pecados cual oveja descarriada. Pero estoy seguro de que en la mente de muchos de ustedes aparecen cientos de ejemplos de la vida cotidiana. De hecho, les confieso que me costó escribir estas líneas. He borrado varias frases y palabras susceptibles de ser políticamente incorrectas, en un claro ejercicio de autocensura, consciente de que no puedo abstraerme al hecho de vivir en sociedad, pero sí de criticarla cuando crea oportuno. 

Pero en las distancias cortas, yo seguiré llamando negro a un amigo de color y ciego a un invidente con el que he pasado más de una noche de juerga. Y le contaré un chiste de mariquitas a un amigo gay y le diré “viejo” a mi padre, y hablaré de borrachos en vez de beodos, de gordos en vez de entrado en carnes y de aborto antes que de interrupción voluntaria del embarazo. Creo que, al final, la cuestión no es “lo que se diga” sino “cómo” se diga. En mi caso, respeto profundamente a todos, y los que me conocen así lo atestiguarán. Y ahora, si a alguien incomodé con mi artículo, adelante: abajo tienen mi web. La hoguera está preparada y el reo dispuesto a que lo quemen para escarnio público. Pero seguro, que en el fondo, todos (y todas) piensan como yo.   

miércoles, 25 de septiembre de 2013

CHICHARRÓN


(Artículo publicado en Viva Jerez el 26/9/2013)
Crujiente, sabroso, condimentado con pimentón, sal o pimienta negra en grano. En taquitos o en lonchas. Acompañado por un buen mosto de Trebujena, unos rabanitos y un ajo caliente. En casa, en el bar de la esquina o en una viña o venta. De Chiclana o de Jerez. Solo o en manteca colorá, frío o calentito, con picos o con pan de campo de la Venta Las Cuevas. Chicharrón. Tan sólo con pronunciar esta palabra se me hace la boca agua y evoco esos días entresemana en los que la calle Justicia donde nací olía a chicharrones recién hechos. Desde primera hora, en la carnicería de la esquina, fundían la grasa o manteca de cerdo y los trocitos de carne recubiertos de parte de la grasa fundida. Ese olor, que recorría la collación de San Juan colándose por cada una de sus ventanas y casapuertas abiertas, se me ha quedado desde entonces impregnado en la pituitaria. 

De vez en cuando, renace ese cálido aroma a colesterol puro cuando paseo junto a algunas de las carnicerías de la ciudad, como la de Vicente, en la calle Diego Fernández Herrera. Y entonces, me traslado a esos años de mi niñez, en los que mi madre me mandaba a la carnicería de Manolo, en la calle San Juan, a comprar un cartucho de chicharrones calentitos, recién hechos. Yo cogía ese papel de estraza y, de camino a casa, pillaba furtivamente el primero que veía y me lo metía en la boca degustando ese exquisito manjar. Hoy, con el peso de los años (y de los kilos de más, porqué no decirlo), me resisto a caer en la tentación de comprarlos. Aunque otra cosa es que te lo pongan en la mesa en alguna comida de compromiso o en alguna barbacoa como a la que asistí hace unas semanas en casa de mi amigo Toni Rodríguez. En ese caso, reconozco mi falta de voluntad cayendo irremisiblemente en su degustación, cerrando los ojos para no perder comba del momento, y masticando lentamente para sentir mejor todos sus matices. Algo parecido me pasa cuando voy a un bar y, sobre el mostrador, observo una gran cazuela de barro rebosante de chicharrones. 

Debería estar prohibido y castigado con penas de prisión perpetua, porque es una tentación a la que es difícil sustraerse. Los chicharrones te miran y tú los miras. Alejas la mirada pero ahí están, como diciendo “cómeme”. Y entonces levantas la mano. ¡Jefe, una tapita de chicharrones!. Y ahí están. La copita de Tío Pepe a tu diestra, los chicharrones a tu siniestra y enfrente un platito de picos. Eres consciente de que, justo cuando termines de comértelos, aparecerá un sentimiento de culpa acompañado de un sincero arrepentimiento y la promesa de no volver a probarlos por aquello de la dieta y de los quilos de más. Pero ¿qué se le va a hacer?. Están tan buenos… ¡A ver si alguien inventa los chicharrones light!. El éxito estaría asegurado. Yo… el primero. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

EL ESCENARIO

(Artículo publicado en Viva Jerez el 19/9/2013)
En ocasiones, sentarse delante de un ordenador con la esperanza de escribir un artículo con sentido, chisposo o simplemente con coherencia, se hace muy cuesta arriba cuando tu espíritu divaga por oscuros lares de inquietud. No corren buenos tiempos para casi nadie. El desasosiego por el presente y por el futuro que se nos avecina apaga la tenue llama de optimismo que cada mañana se enciende en nuestros corazones. La esperanza y la ilusión acaban sepultadas por la realidad. Quizá porque hasta ahora, muchos hemos venido observando el escenario desde el patio de butacas, ajenos a la representación que veíamos sobre las tablas. Pero todo acaba. De un tiempo a esta parte, decenas de nuevos actores sin experiencia se han visto forzados a subir al escenario abandonando ese cómodo patio de butacas en el que estaban felizmente sentados. A veces, alguno logra bajar y volver a sentarse. Pero solo un rato. Al poco tiempo, el acomodador le insta a volver a un escenario que, en los últimos años, se ha visto desbordado de actores noveles. Y, paradojas de la vida, cada vez hay menos butacas. En ocasiones, alguna queda vacía porque su ocupante se marcha a su casa a descansar. Pero nadie la vuelve a ocupar. La retiran y la guardan en una habitación oscura a la espera de mejores tiempos. 

¿Culpas?. Todos tenemos alguna parte. Los dueños del Teatro, los actuales y los que les precedieron, por no saber llevar bien una gestión para la que fueron elegidos por todos. Los señores del puro porque nos prestaron alegremente el dinero para tener la mejor butaca y el mejor sitio para ver la representación, y ahora, no sólo cierran el puño, sino que nos amenazan con quitarnos el asiento para siempre. Y nosotros, todos, por creernos la falacia de que asistíamos a la mejor representación en el mejor teatro, por dejarnos embriagar por los focos de colores que iluminaban el escenario sin ver que todo era puro teatro y que tras el decorado solo había cables, tablas de madera y la oscuridad más absoluta. No nos percatamos que alguien había cambiado los carteles de la puerta y que la función ya no era una comedia sino un drama. ¿Y ahora, qué hacemos?. 

Algunos ya han comenzado a protestar y acampan a las puertas del teatro. Otros abuchean y patalean sobre el escenario en un intento de hacerles ver a los dueños del teatro, a los señores del puro y al público que la obra no les gusta y que debe cambiarse. Pero son pocos aún. Hace falta más ruido. El suficiente para que los dueños del Teatro aumenten su aforo y vuelvan a poner las butacas. Para que los del puro reabran sus puños cerrados. El suficiente como para que vuelva la comedia al escenario y los actores sin experiencia al patio de butacas, que es donde deben estar… Sin saber cómo he terminado de escribir. Y creo que me ha servido de terapia para encarar con optimismo un futuro en el que ahora creo. Todavía podemos cambiar el guión. Es difícil pero no imposible. Globos verdes color esperanza se dejan ver ya por el horizonte. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

ANTONIO


(Artículo publicado en Viva Jerez el 12.9.2013)
Lo recuerdo enjuto, alto, espigado. Pasaba cada día por la puerta de mi casa y mi madre le compraba aceitunas, tagarninas, caracoles, espárragos o lo que llevara en sus cestos colgados a horcajadas en su bicicleta BH. Antonio, que así se llamaba, era padre de cuatro hijos pequeños y sacaba adelante a su familia vendiendo por las calles lo que sus manos habían recogido de madrugada en el campo. Su sempiterna sonrisa y su voz cantarina anunciando su llegada aún las tengo grabadas en mi memoria. Sobre las dos de la tarde, Antonio se dejaba ver calle Justicia arriba y, en ocasiones, me daba un regaliz o un caramelo de menta con un guiño de complicidad “no se lo digas a mamá, que si no después no comes...”. Y entonces, yo salía corriendo escaleras arriba gritando “mamá, mamá, que ha llegado Antonio”, mientras escondía el regaliz en el bolsillo. 

Una tarde apareció en una Montesa que había comprado de segunda mano. Me alegré. Así, nos dijo, me da tiempo a recorrer más calles y vender más. En ocasiones, le acompañaba su hijo Fernando, de mi edad, que le ayudaba a envolver en papel de estraza los arencones, a pesar el cuarto y mitad de las aceitunas o a meter en pequeñas bolsitas los caracoles. Años en los que los hijos fueron creciendo y de una casa de vecinos cerca de San Lucas la familia pasó a un piso de tres habitaciones en La Coronación; y de la Montesa pasó a una furgoneta que además le servía para llevar a los niños a la playa o al campo los domingos. Se le veía feliz y yo me alegraba de cómo su vida cambiaba para mejor. Y de repente, desapareció. Un buen día dejó de venir. Muchos vecinos se interesaron por él, hasta que alguien nos dijo que había enfermado. Una grave dolencia había acabado con su movilidad y ahora se encontraba postrado en la cama de por vida. Tenía 40 años. Mi madre y unas vecinas fueron a visitarlo a su casa y recuerdo la colecta que se hizo en el barrio para aliviar la precaria situación económica de la familia. No volví a verlo jamás. Y vaya que se le echaba de menos. Fernando heredó el “oficio”, pero no tuvo suerte. Al principio los vecinos le compraban, recordando a su padre, pero simplemente “no era Antonio” y al poco tiempo dejó de venir. 

Han pasado casi treinta años y este pasado sábado alguien me dijo que Antonio había fallecido a los 68 años. En la cama, rodeado de los suyos. No sé porqué hoy le dedico este artículo. Quizá porque admiraba su tesón, su afán por sacar adelante a su familia por encima de todo, por ese trabajo que le llevaba a madrugar para ir al campo a coger lo que pudiera y después venderlo con todo el arte del mundo. Quizá por esa sonrisa y esa cantarina voz con la que nos sorprendía cada día. Nunca le vi un mal gesto, una mala palabra o un mal comportamiento. A veces, cuando vuelvo a casa de mi padre, en la calle Justicia, parece que oigo el sonido de su Montesa. Por un instante cierro los ojos y ese recuerdo me trae olores de mi niñez y agradables sabores a menta y a regaliz.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

GALERÍA DAZA

(Artículo publicado en Viva Jerez el 5/9/2013)
Conozco a Manolo Daza desde… bueno, desde casi toda la vida al igual que miles de jerezanos y jerezanas que tuvieron la gran fortuna de compartir aula con él y recibir sus sabios consejos en Magisterio, o en los Marianistas o en tantos colegios donde impartió sus magistrales clases durante décadas. Como buen profesor de dibujo, Manolo me hizo comprender que el arte está hecho para ser sentido y no para ser comprendido. Que un buen cuadro es aquel en el que te paras sin saber porqué, y lo miras, y te adentras en él y te llega a lo más profundo. Y eso, decía, no puede explicarse. Que la técnica es importante, fundamental, pero que hay algo más que únicamente unos pocos saben transmitir. Y bien que lo sabía, porque su apellido ha sido, es y será un “referente artístico e imprescindible en esta ciudad”, como bien señala mi buen amigo y crítico de arte, Bernardo Palomo. 

Y es que aún recuerdo el saludo y la sonrisa del desaparecido Paco Daza a las puertas de su galería de la calle Tornería, mientras me invitaba a pasar a ver su última exposición. O la de Rodrigo, dando el último retoque al dorado paso de la Amargura. Si a todo esto, se le suma el profundo cariño que le tengo a Manolo y que comparto con su mujer, Margot y con toda su familia, es por lo que la llamada de su hijo, José, anunciándome la próxima apertura de la galería de arte que lleva su apellido, me agradó tanto que me decidí a dedicarles este artículo. Es encomiable el trabajo, la dedicación y el esfuerzo que han puesto Raquel Fernández y el propio José Daza en rescatar y rehabilitar para la ciudad una céntrica casa en la calle San Pablo número 4 donde dar forma a este proyecto empresarial. Una decidida apuesta, una valiente aventura profesional de dos galeristas jerezanos por la creación de este espacio expositivo que la ciudad demandaba desde hace años y que no ha estado exenta de sacrificios teniendo en cuenta los delicados momentos económicos que todos vivimos. 

Pero la Galería Daza no se limitará a exponer y vender cuadros. Raquel nos propone un punto de encuentro de artistas, creadores, profesionales, aficionados y amantes de la cultura, en general y del arte en particular. Un espacio abierto, vivo y participativo en el que, además de contemplar las obras expuestas, podremos tomarnos una copa en la coqueta cafetería que permanecerá abierta al público en el mismo recinto, mientras asistimos a alguna charla sobre arte, un recital de música o una lectura poética. La Galería Daza, a la que auguro grandes éxitos de la mano de Raquel Fernández, se inaugura este sábado, precisamente, con una muestra de la extensa obra de Manolo (todo un lujo) que podremos disfrutar hasta el 31 de octubre. 

miércoles, 17 de julio de 2013

MANOLIN

(Artículo publicado en Viva Jerez el 18/7/2013)

Eran alrededor de las cuatro de la madrugada. Afortunadamente decidí no ir en coche a la fiesta previendo la larga noche de copas. Regresaba a casa andando por una ciudad a esa hora desierta, en blanco y negro. Por calle Porvera me encontré con el camión de la basura y con una pareja que hacía arrumacos en una casapuerta junto a esa misteriosa tienda de máquinas de escribir ¿? que constituye sin duda uno de los enigmas más insondables de esta ciudad. Al filo del antiguo quiosco de Paco Castro, torcí por Chancillería. Ya en su tramo final, junto a Las Reparadoras, me quedé mirando a un hombre que venía por la misma acera pero en sentido contrario. No me pregunten porqué, pero me pareció extraño. Cuando nos cruzamos, el tipo me pidió fuego sin mirarme a la cara. No fumo. ¿Y un euro para un café?  Uy, lo siento. ¿Seguro?, me dijo mientras sacaba una navaja del bolsillo y amenazaba con rajarme si no le daba la cartera. Me quedé de piedra. 

De repente, el tipo me miró fijamente. Fue tan solo un segundo pero su rostro cambió de repente. ¿Esteban?, me preguntó. Sí, le dije yo con voz temblorosa. ¿No te acuerdas? Soy Manolo. Manolín, el hijo de Paco. El hermano de Antonio. Vivía en la calle Justicia, unas casas más abajo que la tuya. Rosa, mi madre, compraba en la tienda de tus padres y yo estudié en el colegio del Dute Robaperas. Manolo, Manolín… En ese momento vinieron a mi mente fugaces momentos de esa familia que un buen día dejó el barrio y se mudó a San Juan de Dios. De Paco, sin oficio conocido y que se bebía hasta el agua de los floreros en el bar “La Fábrica”. De Antonio, que ya robaba desde muy temprana edad para pagar sus correrías a Venus y que un día amaneció muerto en Rompechapines a consecuencia de un mal viaje. De Rosa, que hacía malabares para dar de comer a su familia aguantando las palizas de su marido. Y cómo no, de Manolín. Un joven enjuto que un mal día viró su camino y comenzó a trapichear con todo. La cárcel se convirtió en su segunda casa, aunque a decir verdad no se le conocía domicilio fijo después de que su padre muriera de cirrosis y su madre probablemente de pena. 

Y allí estaba ahora, mirándome con una sonrisa socarrona mientras guardaba su navaja. ¿Qué tal, tío? Te veo en la tele. Eres un buen tipo. Perdona por lo de la navaja pero, ya sabes, debo buscarme la vida… Me acompañó a casa. Hablamos de conocidos comunes, de esos tiempos en los que la calle era un gran salón de juegos, de cómo habían cambiado nuestras vidas. Nos despedimos con un abrazo. No he vuelto a verlo. Alguien me dijo que regresó a la cárcel, pero esta vez por muchos años. A veces pienso en Manolín. Y me pregunto cómo hubiera sido su vida si su familia, el entorno y las circunstancias hubieran sido otras. No seré yo quien lo juzgue. Porque juzgar es fácil. Y castigar, también. Lo difícil es ponerse en la piel de una persona a la que la vida no le dio la más mínima oportunidad.   

miércoles, 10 de julio de 2013

EL MOSQUITO


(Artículo publicado en Viva Jerez el 25/6/2013)
Estaba cansado. El día había sido duro y caluroso. ¿Quién dijo que este año no iba a ver verano? La mañana trabajando, mediodía de reunión familiar y tarde de compras. Un día completito y, para colmo, me había perdido mi sagrada siesta vespertina que, parafraseando al malogrado Cela acostumbro a dormirla “con padre nuestro, pijama y orinal” (lo del pijama lo suscribo, lo del padre nuestro menos y lo del orinal… me suena a una guarrada a esta alturas). En fin, que allí estaba yo después de una dura jornada, recostado en el sofá mientras comenzaba a sentir cómo los párpados cedían lentamente. Justo después de la tercera cabezada, y visto que en la tele solo ponían reposiciones infumables, decidí acostarme. Eran las once pero nada me hacía suponer la nochecita que se avecinaba. 

Todo fue bien las tres primeras horas pero, al filo de la dos de la madrugada, un zumbido fino, hiriente, desagradable e insoportable me taladró el tímpano haciéndome despertar al instante. No sé si a ustedes les pasa lo que a mí, pero me siento incapaz de dormir ante la presencia de un mosquito que no tiene otra cosa que hacer (y mira que es grande la habitación), que pasearse desafiante por mi oído emitiendo su inconfundible e insufrible zumbido. Encendí la luz, me puse de pié en la cama y armado con mi letal almohada de látex me dispuse a acecharlo. Lo oía. Sabía que estaba en algún lugar de la habitación, pero no lo veía. Para colmo, sentí un ligero escozor en la pantorrilla; síntoma inequívoco de que el maldito insecto volaba con, al menos, una gota de mi sangre en su panza. De repente lo vi. Estaba posado junto a la mesita de noche. Respiré hondo, me acerqué despacio, reconocí el terreno y… ¡almohadazo que te crió!. El resultado fue una lamparita rota y el rolex que había dejado en la mesita revoleado por el dormitorio. Busqué su cadáver sin éxito, así que me volví a acostar con la sonrisa de la victoria en mis labios. No habían pasado ni diez minutos cuando volví a sentirlo traspasar mi oído, el tímpano, el martillo, el yunque y adentrase en lo más hondo de mi cerebro hasta hacerme perder los nervios. Vuelta a encender la luz y a trazar una nueva estrategia. Así toda la noche hasta que el reloj no marcó las seis. 

Recuerdo el momento como si lo estuviera viendo. Ese mosquito, descansando tan plácidamente en el techo y esa almohada de látex impactando sobre él. No lo toqué. Allí quedó para la posteridad. Aplastado, ensangrentado y pegado al techo. Cada noche, al acostarme elevo mi mirada y lo veo. Estoy seguro que es la mejor advertencia para otros congéneres que quieran desafiarme. ¿Qué se han creído?. ¡No saben con quién están tratando!. ¡Vamos, hombre!.  Y es que yo soy así…

miércoles, 3 de julio de 2013

GLOBOS VERDES

(Artículo publicado en Viva Jerez el 4/7/2013)
A veces los sueños se hacen realidad. Otras, se aparcan a la espera de mejores tiempos. La mayoría se esfuman, se pierden en ese mundo onírico de imaginarios globos de color verde esperanza que se llenan del fresco aire de las ilusiones, pero que en el ascenso chocan con el inexorable techo de una realidad que les impide salir. Y es entonces cuando muchos explotan. Y se olvidan. Y desaparecen. Proyectos, planes de futuro que un día imaginamos con la confianza puesta en hacerlos realidad pero que impactaron de frente con los muros de la intransigencia de una sociedad que solo cree en lo que ve, en lo seguro. Pero las cosas están cambiando. La realidad que nos ha tocado vivir está haciendo posible que muchos de esos globos verdes escapen al fin y alcen el vuelo surcando el cielo. Es probable que muchos de ellos tengan una corta vida y exploten. Pero habrán salido y al menos habrán tenido la gran oportunidad de ser visibles. Otros, sin embargo, crecerán y, en algunos casos, se convertirán en grandes globos verdes que seguirán ascendiendo. Pero ojo, nadie dijo que llegar hasta aquí, e incluso mantenerse, fuera fácil. Hay que soportar las flechas que nos lanzan otros globos que creen haber comprado el cielo porque llegaron antes. Pero el cielo es de todos y hay hueco para que cualquier globo demuestre su valía y que sean los demás quienes juzguen su trayectoria.  

Buen ejemplo de ello es la empresa Xerintel, de mi amigo Alberto Alcántara que ya ha alcanzado un trocito de ese cielo; el soplo de aire fresco de Airearte, de Juan Miguel Blanes; el toque innovador de Marco Antonio López con Jerez Emprende; la apuesta por la música de María José Rodríguez con Escena Lírica; la imagen hecha arte de Monty Montero y Jose Melero con Handa Films; la profesionalidad más joven de Cristina Lojo y Lourdes Rojí con LC Comunicación; el acercamiento a nuestro entorno de Eduardo Valderas y Cecilia Rodríguez con Spirit Sherry; la valentía de César Pérez con Jerez sin Fronteras y su tabanco de plaza Rivero; el desarrollo de proyectos urbanos de Jose María Aragón, Carlos Gutiérrez y José Luis Nieto con Livingtown; la imaginación de Eva Lara, Mayte Gutiérrez y Gema Trigo con UnMandaito; el ímpetu de los hermanos Pablo y Carolina Ruiz Amo con Urban Oasis; el ritmo más innovador de Alabrisa Eventos, de Jesús Pérez; la experiencia puesta al servicio de la comunicación con Sinlímites, de la reconocida periodista Amparo Bou; la innovación tecnológica que defiende Komuniko, de Toni Rodríguez; el empeño de la diseñadora Mónica Padilla, el tesón de María Bonald, la valentía de Lola Rueda y tantos otros emprendedores que cada día apuestan por sacar esto adelante.

Globos verdes, de distintos tamaños, que ya surcan el cielo de Jerez. Están ahí. Solo hay que alzar la vista para verlos. Y todos ellos surgieron de ese lugar de donde nacen los sueños.

jueves, 27 de junio de 2013

EL OVNI


(Artículo publicado en Viva Jerez el 27/6/2013)
Lo conseguimos. Llegamos por fin. Suspiré ante tal hazaña y me senté a disfrutar del paisaje, junto a mis dos compañeros, al lado de la gran cruz que coronaba la montaña. Casi seis horas de subida hasta completar el pico más alto de la provincia. Debía tener 17 años y para mí ese día fue muy especial. Abrimos las mochilas y dimos cuenta de los zumos, bocatas y chocolatinas que sabían a gloria a esa hora de la tarde. Algunas fotos, media hora de descanso y a afrontar la bajada. Los cien primeros metros fueron fáciles, pero fue a partir de entonces cuando apareció esa neblina que poco a poco se acercaba. Tanto, que en unos minutos desapareció ese maravilloso paisaje rocoso y todo se tornó oscuridad. Era media tarde y parecía de noche.

No veíamos a cinco metros y eso dificultaba la bajada. La niebla era cada vez más espesa. El peligro de exponerse a bajar sin visibilidad alguna nos hizo, tres horas más tarde, sentarnos bajo unos árboles a esperar. Pasaron los minutos y las horas. Y se hizo, esta vez sí, la noche. Con frío, hambre y miedo pasamos los peores momentos de nuestra vida, en silencio, esperando un milagro,  porque entonces no había móviles para alertar a las familias ni a la Guardia Civil. Era media noche cuando, de repente, Luis creyó oír algo. Suena como… No se… Pusimos el oído pero no escuchamos nada. Yo mismo, poco después, creí ver a pocos metros una luz que desapareció al instante. Mantuvimos un silencio sepulcral aguardando a que regresara la luz y el sonido… y lo hizo. Iba y venía. Ahora sí que podíamos escucharlo y provenía del mismo sitio que la luz. Nos miramos. En esa época éramos fans de los programas radiofónicos de ovnis, ciencias ocultas y todo eso. Nadie se atrevía a decir nada, pero pensábamos en algo sobrenatural. Jorge se envalentonó y midiendo sus pasos, se dirigió despacio a la fuente del sonido y de la luz. Detrás, cogidos de la mano, Luis y yo. Avanzamos lentamente mientras la luz y ese sonido se hacían cada vez más fuerte y cercano. De repente, allí estaba eso.

En medio de la niebla no alcanzábamos a ver qué era, pero se movía acompasadamente, desprendía luz y emitía un sonido que… parecía ¿música?. Tragamos saliva y nos acercamos más. ¿Dire Straits?, dijo Luis. ¡Pero si es un coche aparcado! dijo Jorge. Me acerqué y miré en su interior, algo que no sentó muy bien a la parejita que en ese momento retozaba ajena a nuestra presencia. Tras la sucesión de gritos  por parte del joven, explicaciones por nuestra parte, sentimos haberles interrumpido, dónde estamos, a dónde lleva esta carretera, tienen agua o comida, etc… les pedimos amablemente que nos llevaran al pueblo más cercano. Durante el camino a Benamahoma ninguno habló de ovnis ni de seres extraterrestres pero sin duda, durante unos minutos, esa idea había rondado nuestras cabezas. Sonreí entonces, y aún hoy lo hago cuando recuerdo la luz, el sonido y el “movimiento acompasado” de ese vehículo en medio de la espesa niebla.

jueves, 20 de junio de 2013

Olores de un Jerez antiguo


(Artículo publicado en Viva Jerez el 20/6/2013)
En ocasiones paseo por las angostas callejuelas del barrio de San Mateo intentando captar en algún rincón esencias y recuerdos de una ciudad que ya no es. Sí, son las mismas calles y plazas, los mismos edificios en algunos casos reformados… pero hay algo que falta: el olor. Recuerdo mi infancia en la calle Justicia rodeado de olores. Esos que emanaban de la droguería de mis padres (alcanfor, jabón verde, colonias a granel, pinturas y productos de limpieza), de la bodega que daba pared con pared con nuestra casa de vecinos y que a ratos nos regalaba aromas de vino y vinagre; de la frutería de Jeromo que cada mañana nos despertaba con fragancias a mandarina y albérchigos, a tomates y yerbabuena; de las golosinas de Caramelos Donaire; del pescado fresco de la pescadería de la esquina de Justicia con calle San Juan, del intenso olor a chicharrones que cada jueves nos regalaba la carnicería de Manolo y Antonia, el olor a goma y lapicero de los niños que corrían calle abajo al colegio de Don Fernando Casas, la ¿porqué no decirlo? peste a podrido que emanaba de la azucarera cuando el corría el levante en esas noches de verano…  

Y es que, los olores son grandes evocadores de recuerdos intensos. Y hoy, cuando paseo por los mismos escenarios de mi niñez, siento con tristeza y algo de nostalgia que esos olores no están en el aire, simplemente han desaparecido. La modernidad y los hipermercados echaron hace años el cerrojo a la droguería, y a la carnicería, la pescadería y la frutería. Cerró el colegio y los niños dejaron de correr por las calles y plazas del barrio. Y se dejó hace años de trasvasar el vino de una bodega a otra atravesando la calle con esos grandes tubos que siempre dejaban regados los adoquines con algún chorro de fino o amontillado. No, Jerez ya no huele igual que hace 30 ó 40 años. Algo ha cambiado. Los grandes cascos bodegueros se convirtieron en lofts de lujo (algunos quedaron en proyectos y en grandes carteles), los pequeños comercios de barrio desistieron ante las grandes superficies, el envasado acabó con los graneles y las azucareras se fueron con la remolacha a otra parte. 

En ocasiones, muy raras veces, furtivamente,  me llegan algunos de esos olores. Entonces cierro los ojos y me traslado a otros tiempos. A una niñez de pan con mantequilla con azúcar, parches en los pantalones y juegos en la calle. Y sonrío nostálgico recordando cómo era esa ciudad que hoy ha desaparecido. Sí, es la misma, son los mismos rincones y plazas, las mismas calles y edificios. Pero, a la vez, es diferente. Ni mejor ni peor… simplemente diferente. 

miércoles, 12 de junio de 2013

GORRONES


(Artículo publicado en Viva Jerez el 13.6.2013)
Dicen los gallegos que “Nas meigas haberlas hailas”. Pues bien, con los gorrones pasa lo mismo. Haberlos hailos, en cualquier oficina, en cualquier bar... Tienen tácticas de guerra de guerrillas y pasan a la acción en el momento más inesperado. Son esos que se apuntan a un bombardeo esté donde esté, si éste es gratis. Los ves en los saraos donde haya comida y bebida a tutiplén. Acuden a presentaciones, conferencias, inauguraciones y todo tipo de actos siempre que al final aparezcan las bandejas de jamoncito, quesito o lomito en caña siempre regado con una caña de cerveza o un vinito de la tierra. No importa si el acto es la inauguración de la variante de una comarcal o la suelta de cangrejos autóctonos en el río Guadalete. Si hay condumio, ahí está el tío, o la tía. Este espécimen -el gorrón- se mueve perfectamente en este ambiente. Se mimetiza con los invitados de tal forma que todos creerán que su sola presencia engrandece el acto. Habla con todos, sonríe a diestro y siniestro y come, come y bebe como si fueran a dejar de traer bandejas a los cinco minutos. El manual del buen gorrón aconseja tomar posición junto a la puerta donde salen los camareros. Allí, agazapado y con una depurada técnica, esperará el momento para lanzarse a dos manos sobre la bandeja de canapés. Es ahí cuando no conoce a nadie. Todos son enemigos. 

El gorrón es ese que se queda hasta el final y que incluso pide un trago largo para completar la faena. Y si además puede llevarse un recuerdo, véase un catavino conmemorativo, bolígrafos de propaganda o la botella del agua del orador de turno, mejor que mejor. Otro tipo de gorrones los tenemos más cerca, al lado. Son esos que nunca tienen suelto. Que te piden que pagues “que mañana pagaré yo”... y ese mañana no llega. Que conoce los cumpleaños de todos los compañeros por si invitan, pero que nadie sabe cuándo los cumple él. Son esos que, cuando irremediablemente tienen que aflojar el bolsillo, te sacan un billete de 500 euros aduciendo que no tienen suelto y al final tienes que  pagar tu. Esos que siempre acceden a una invitación en tu casa (por supuesto sin llevar siquiera una botella de Don Simón) pero que nunca te invitarán a la suya porque está de obras, porque no le cuadra o porque los niños tienen el sarampión malayo. 

Son esos que huelen una convidada a leguas y están capacitados para oír a cientos de metros esa palabra mágica que dice “Hoy invito yo”. Son esos que siempre piden tabaco pero que nunca dan porque se les ha acabado o peor aún “es que lo estoy dejando”. Esos que van solos a tomar café para no tener que invitar al compañero de oficina. Están por todas partes, agazapados, tomando posición y esperando la mínima oportunidad para apuntarse a lo que sea... siempre que sea gratis y se pueda pillar algo. ¿Conoce usted a algún gorrón?. Haga la prueba. Grite ahora en voz alta ¡Hoy invito yo!. Y verá cómo salen... ¡Vaya que si salen!

miércoles, 5 de junio de 2013

LA DIETA

(Artículo publicado en Viva Jerez el 6/6/2013)
¡Ya estamos a 6 de junio!. En poco más de dos semanas llega el verano y con él, la playa. Y con la playa, los bañadores y los bikinis que dejan al aire nuestros orondos cuerpos a la vista de todos. Para muchos, el objetivo es llegar al verano luciendo palmito. Un deseo que, personalmente, me produce desazón y angustia cuando bajo la vista y compruebo la cruel realidad: esa barriguita cervecera que me desafía altiva. La miro y me mira. Me acompaña allá donde voy recordándome las cervecitas y las tapitas que me tomo un día si y otro también con mis titos Perico, Emilio, Sergio, Gregorio and company. A veces inspiro aire profundamente encogiéndola, aguantando la respiración y, cuando creo que ha desaparecido, vuelve a asomarse arrogante. Es entonces cuando pienso en la playa y en la piscina. Todos los años me pasa igual. Tengo la sensación de que todo el mundo me mira la barriguita cervecera y sonríe al verla. 

Por eso, les tengo que confesar que haré propósito de enmienda y trataré de rebajarla en las próximas semanas. Coincidirán conmigo en la dificultad que supone seguir los dictados de una moda que nos llega impuesta desde vaya usted a saber dónde. Pero lo cierto es que todos caemos en la misma trampa e intentamos rebajar esos kilitos de más como buenamente podamos. Muchos acuden a los gimnasios, que dicho sea de paso, hacen su agosto en pleno mes de junio. Otros, como el que suscribe, intenta hacer deporte al aire libre y correr por la ciudad.  Pero un día por una cosa y otra por otra... Lo cierto es que intención, lo que se dice intención, la tengo… pero se queda ahí. Alguna vez me he armado de valor y he ido a correr, pero al ratito observaba cómo me adelantaba mi propio corazón que, poco antes, se me había salido por la boca. Incluso los grupos de mujeres que pasean por la Ronda del Colesterol me pasaban por la derecha y por la izquierda.

En fin, que le voy a declarar la guerra a la grasa y al chocolate. Declaro públicamente que beberé agua y zumo a partir de hoy. La ensalada, la sacarina, la manzana a media mañana, las tortitas de arroz y las barritas dietéticas formarán parte, desde hoy mismo, de mi despensa. Haré deporte e intentaré no dormir la siesta (que dicen que engorda una barbaridad). No cenaré más que un vaso de leche desnatada ¿Se pueden creer que me está dando una bajada de tensión con solo pensar en todo esto?. Bueno, debo terminar este artículo. Son las tres de la tarde, y el Papa Francisco ya bebió. Me voy, que me ha llamado mi amigo Perico y me espera en cinco minutos en la Tasca San Pablo, que ponen unos chicharrones que no se los salta un torero... Creo que mejor dejaré para mañana la dieta. Y es que como dice el refrán “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, o algo así…


viernes, 31 de mayo de 2013

LA PUCH CÓNDOR

(Artículo publicado en Viva Jerez el 30/5/2013)
Ya llegamos a Lebrija. Por fin, me dije. Casi una hora desde que salimos de Jerez en la Puch Condor y allí estábamos, un sábado por la noche, dispuestos a ligar con todo lo que llevara falda. Tardamos porque en el Alto de Montegil, cerca de El Cuervo, la moto no podía más y tuvimos que bajarnos para subir la cuesta a pie. Además era de noche, íbamos sin casco, por la Nacional IV y a poco más de 60 kilómetros por hora. Sonrío ahora que lo recuerdo, pero entonces… Nos habían hablado muy bien de la discoteca “Centro Urbano”. Entramos en el pueblo, aparcamos la moto y nos miramos: gomina en el pelo, camisa floreada, Levis, jersey atado a la cintura... ¡Perfectos! Antonio entró primero. Parecía mayor, y seguro que no lo paraban en la entrada (nos faltaban meses para los 18...). 

Pagamos la entrada y con ella, una copa gratis y un sello en la dorso de la mano para volver a entrar si salíamos. La discoteca era espectacular. Mucho ambiente, chicas guapas, buena música. La noche prometía. Un destornillador (vodka con naranja) para Antonio y un lumumba (brandy con chocolate) para mí y… a la pista de baile donde sonaban Alaska y los Pegamoides cantaban eso de “bailando”. Y allí estaban ellas. Una rubia y una morena. Hola, qué tal, ¿Tenéis fuego? Sonrisas, un paquete de cigarrillos rulando, qué tal cómo os llamáis, estudias o trabajas, tomamos una copa en la barra… en fin, la parafernalia clásica para ligar en los años 80. Aceptaron y comenzó el cortejo. Dos de la madrugada y todo iba de dulce hasta que… aparecieron ellos. Eran dos tipos mayores, de 24 o 25 años. Altos, rudos, con la piel quemada por el trabajo en el campo. Se nos acercaron con cara de pocos amigos, remangándose la camisa y apretando los puños. Detrás, los acompañaban otros cuatro con ganas de liarla. Los que nos rodeaban se apartaron previendo jaleo. El chico de la barra, en voz baja, nos alertó de que eran sus ex novios y que no llevaban muy bien la situación. Nos aconsejó que saliéramos por patas. Visto y no visto. 

Salimos corriendo de la discoteca como alma que lleva el diablo. Detrás nos seguían los seis lebrijanos gritando algo sobre los pijos de la ciudad que vienen al pueblo a quitarnos las chicas y que os vamos a partir la cara y no sé qué más… Antonio, más rápido que yo, llegó antes a la Puch Cóndor. Pedí, por lo más sagrado, que arrancara rápido y alguien, allí arriba, me oyó ¡Acelera, por lo que más quieras! La moto se puso en marcha mientras a nuestro alrededor llovían piedras, vasos y muchos insultos. En unos minutos pillamos la carretera de El Cuervo, con el miedo aún en el cuerpo y mirando para atrás por si acaso. ¡Aún tenemos el sello en la mano! ¿Volvemos? bromeé con Antonio para romper el hielo. Muy gracioso, me dijo, muy gracioso. De la que nos hemos librado… Nunca he vuelto a Lebrija. No creo que se acuerden de mi cara, ya hace muchos años de aquello… pero por si acaso.

jueves, 23 de mayo de 2013

EL RONCADOR

(Artículo publicado en Viva Jerez el 23.5.2013)

Eran las tres de la madrugada y allí estaba yo, con los ojos como platos, sentado en una silla de playa y observando con desafío la tienda de campaña desde donde surgía ese feroz ronquido. Llevaba dos horas intentando dormir, dando vueltas en el colchón inflable aguardando a que cesara esa intermitente letanía, esa gota malaya que me taladraba el cerebro. Y es que el señor roncaba cual león enfurecido, y en el silencio de la noche... 

Así que me decidí a salir y sentarme a la puerta de mi tienda, tal y como ya habían hecho otros vecinos del camping que, al verme, sonreían resignados ante lo que se preveía una larga noche. Alguien alertó al vigilante del Camping pero éste alegó que no cometía delito alguno y que se encontraba plácidamente durmiendo en su tienda. ¡Y tan plácidamente, pensé yo!, acordándome  de la señora madre del señor roncador. No podía más. Así que sin pensarlo, cogí una piedra y la lancé hacia su tienda.  Nadie me vio. Mejor. Y se hizo el silencio. El señor paró de roncar. ¿Habría surgido efecto el “toque de atención”?. Lo cierto es que había cesado esa insoportable cadencia roncadora y podría volver a dormir. Entré en la tienda  y comencé a darle al tarro. ¿Le habré dado en la cabeza de manera accidental y el señor roncador es ahora un señor cadáver?. Cierto es que la piedra no rebotó en la lona de la tienda,  así que era probable que la hubiera traspasado. ¡Dios, homicidio imprudente! ¿Porqué lancé la piedra?. Debí pensarlo antes. ¿Tendrá mis huellas? Recordé su tamaño. No era muy grande y solo pensaba en asustarle un poco para que nos dejara dormir  ¿Se estará desangrando? ¿Y si llamo a la Guardia Civil?. Ya me veía en el cuartelillo prestando declaración: ¿Conocía usted a ese señor? ¿Qué le motivó a matarlo?... 

Con estas tribulaciones estuve otras dos horas más en vela, agudizando el oído por si lo oía. Pero nada. Desperté a las ocho de la mañana. Fuera se oía la actividad propia de los campistas. Salí y, en principio, todo parecía normal. Excepto en la tienda del roncador donde nada se había movido. Vi el boquete que la piedra había hecho en la lona. Pensé en huir de allí, pero me quedé para afrontar mi pena como un hombre. Y de repente, alguien salió de la tienda. Era un tipo alto, fuerte, con una prominente barriga, probablemente extranjero. A simple vista parecía estar bien. Respiré... por poco tiempo. El roncador se fijó en el boquete de la lona y agachándose recogió del suelo la piedra. Al parecer no había traspasado la segunda lona y había quedado entre ambas. Estudió la procedencia del impacto y entonces nuestras miradas se encontraron. Bajé la mía y silbando bajito me dispuse raudo a desmontar la tienda. El tipo miraba la piedra que tenía en su mano abierta y me miraba a mí entornando los ojos. Hubiera dado dinero por un boquete como el de la tienda… para meterme dentro. 

miércoles, 24 de abril de 2013

JEREZANOS CONTRA NAPOLEÓN

Felipe Alonso del Puerto con su libro

(Artículo publicado en Viva Jerez el 25/4/2013)
Probablemente sea uno de los episodios de nuestra historia menos conocidos y estudiados. Me refiero a los efectos que tuvo en Jerez la invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia. Conocemos la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdos, en los que se narran desde la batalla de Trafalgar hasta la derrota de los ejércitos franceses. Y el asedio de dos años y medio a Cádiz y la Constitución que allí se promulgó. Pero el papel de Jerez como centro de aprovisionamiento, mantenimiento y descanso de las tropas francesas, así como el que desempeñaron el Escuadrón de Lanceros y el Regimiento de milicias provinciales, ha sido poco objeto de estudio… hasta ahora. 

Tuve la suerte de conocer hace años al coronel de artillería Felipe Alonso del Puerto. Fue en 1992, presidiendo el acto de clausura del cuartel Fernando Primo de Rivera, conocido como Tempul. Su porte militar, su entrega a la patria, su exquisita educación y su profundo amor a Jerez me cautivaron desde un principio, porque es de esa clase de caballeros que, con su sola presencia, inspiran confianza y respeto. Han pasado dos decenios y el contacto, menos frecuente del que yo quisiera, continuó con esporádicas colaboraciones en programas de televisión. Su pase a la reserva no le restó un ápice la pasión que sentía por todo lo relacionado con Jerez y con lo militar. Y encontró en la investigación una dedicación que le ha llevado a escudriñar en capítulos olvidados de la historia de esta ciudad. Su primer libro aborda los años de la Prefectura de 1810 a 1812, durante los cuales Jerez, vanguardia o frontera con el resto de España que se atrincheró en Cádiz, se vio dominada por más de 40.000 soldados franceses. Felipe Alonso subraya el papel desempeñado por una población que dio muestras de su carácter, oponiendo cuanta resistencia pudo al invasor. En su segundo libro “Jerezanos contra Napoleón” el autor reivindica el valor del Escuadrón conocido como “Los Garrochistas”, que se enfrentaron a los soldados del general Dupont, así como del Regimiento de milicias “Xerez”, una especie de reserva para actuaciones urgentes totalmente jerezana. Al coraje demostrado por estos hombres se le une el de nombres propios como el teniente general Tomás de Morla o el guerrillero Pedro Zaldívar que tanto lucharon por la Independencia. 

Ambos libros están perfectamente datados, cuentan con el rigor histórico de un hombre que ha investigado en media docena de archivos públicos y gozan de la confianza de la editorial jerezana AE y de su editor, Salvador de la Barrera. De compra obligada para los amantes de la historia de Jerez.

(“Jerezanos contra Napoleón” se presenta el jueves, 25 de abril a las 20.30 en la Residencia Militar de Jerez, en calle Muro y un día después a las 18 h. en la Feria del Libro)

lunes, 1 de abril de 2013

Aves de rapiña


Este artículo es de Amparo Bou, directora de Sinlímites Comunicación con la que coincido plenamente... 

Es ya un lugar común decir que la crisis es una oportunidad. Lo es para quienes se lanzan, por espíritu emprendedor o por necesidad, a la aventura de poner en marcha un negocio propio. Admirables son quienes buscan un hueco en un mercado más que saturado, y levantan un proyecto en el que basar su futuro. De esos emprendedores, he conocido a algunos en iniciativas como Jerez Emprende: personas con iniciativa, que superan dificultades para consolidar su proyecto en el momento más difícil, y que buscan clientes y contactos a la vieja usanza: de frente, por derecho, repartiendo la tarjeta y explicando cara a cara su proyecto.

Pero no todo es color de rosa, ni mucho menos. Me lo han contado algunos de esos emprendedores. Si se rasca un poquito, se encuentra otra triste realidad que también trae la crisis. Las aves de rapiña. Sucede cuando el nuevo empresario busca clientes sin tocar los que tenía su competencia. Bucea en nichos nuevos para partir de cero en su negocio y competir en buena lid en su sector. Y  ya sea por suerte o por trabajo y competencia profesional, encuentra una buena acogida. Ahí entran en escena las aves de rapiña: competidores más antiguos acostumbrados a ser los reyes del mambo en su sector y a vivir de rentas, y que ahora miran con recelo al “nuevo”, ven cómo su iniciativa da resultados, y deducen que les está “robando” clientes, pese a que nunca, por flojera o el motivo que sea, se había dirigido a ellos para ofrecerles sus servicios.

Un empresario con principios se pondría las pilas para competir mejor. Pero las aves de rapiña no. Ellas van por la espalda, acuden a los clientes del nuevo emprendedor e intentan desacreditarlo, sin conocerle siquiera, esperando que esos clientes pasen a sus manos sin haber movido un dedo. Trabajar les viene mal. Es la pataleta de la impotencia. El nuevo emprendedor me cuenta que al final se entera de la maniobra, porque al fin y al cabo el mundo es un pañuelo, y que retiene la afrenta en la memoria para el futuro. Mientras, sigue trabajando y acudiendo a todas las citas posibles para darse a conocer cara a cara, como las personas de  bien. Yo volveré a encontrarle la próxima semana en Jerez Emprende, y pasaremos un buen rato, mal que les pese a las aves de rapiña. 

Amparo Bou Martí 
(Directora de Sinlímites Comunicación)

miércoles, 13 de marzo de 2013

LA LECCIÓN MÁS IMPORTANTE DE MI VIDA


(Artículo publicado en Viva Jerez el 14/3/2013)
Allí, junto a su cama, sentado junto a ella, recibí la lección más importante de mi vida. Han pasado más de 20 años pero sus palabras, grabadas a fuego en mi memoria, resuenan en mi mente cada vez que creo que la situación me desborda. Recuerdo que llevaba tres meses internada en el Hospital y notaba que sus fuerzas mermaban poco a poco. Su enfermedad había hecho estragos en su ya débil cuerpo y el final se nos antojaba a todos demasiado cerca. Y ella lo sabía, era consciente de que la llama se apagaba y lo aceptada con abnegada resignación. Había luchado tantos años por superar el cáncer que el desgaste comenzaba a ser evidente en todo su ser. Esa tarde de enero, sentado junto a su cama, tuve la osadía de contarle un problema laboral que para mí en ese momento era muy importante, pero que hoy ya no recuerdo. Ella escuchó atenta, sonrió levemente como solo ella sabía hacerlo, me miró con sus cansados y entornados ojos y agarrando mi mano me dijo: - Ojalá tuviera yo ese problema. El mío sí que es un problema porque sé que mi final está cerca. Recuérdalo toda tu vida. 

Pocas semanas después su débil llama se apagaba para siempre. Pero su recuerdo perdura y sus sabias palabras también. Desde ese momento intento minimizar, trivializar los problemas que me aquejan como a cualquier hijo de vecino. Una bronca del jefe, una discusión con mi mujer, un malentendido con mi amigo, una avería en el coche, una factura sin pagar… Situaciones difíciles, tragos amargos, problemas que no desaparecen por arte de magia pero que se suavizan con el simple recuerdo de unas palabras que marcaron desde ese instante mi vida. Tendemos, yo el primero, a magnificar los problemas elevándolos a una categoría que igual no poseen. Cuando llegan se aposentan en nuestra cabeza y dan vueltas y más vueltas minando buena parte de nuestra energía. Incluso buscamos aliados que certifiquen y validen su importancia, los encadenamos con otros y caemos así en un círculo vicioso que nos impide ver la botella medio llena. Es, en ese preciso instante, cuando paro en seco, respiro hondo, cierro los ojos e intento recordar su serena expresión al darme el consejo. Y pienso que ojalá tuviera ella esos problemas, porque significaría que aún estaría a mi lado. No vio nacer a sus nietos. No envejeció junto a mi padre. Pero su recuerdo siempre estará presente entre los que tuvieron la fortuna de conocer a mi madre.

miércoles, 6 de marzo de 2013

ABDUL


(Artículo publicado en Viva Jerez el 7/3/2013)
Se llama Abdul. Tiene 66 años aunque su cuerpo enjuto y aceitunado no lo evidencien. Tan sólo los surcos de su rostro ajado muestran a las claras las muescas de una vida ingrata, intensa e incluso cruel. Lo conocí hace un par de meses ejerciendo su trabajo de guía oficial en Tánger, Marruecos. Se me acercó al bajar del Ferry ofreciéndome, por sólo 20 euros, una visita guiada a la ciudad, acompañarme durante las más de 8 horas de estancia, espantar a los vendedores que te persiguen en cualquier punto del zoco, llevarme a los lugares alejados del turismo y ayudarme a la práctica del “regateo” tan extendida en estos lares. Y todo por 20 euros que, además, recogería al final de la jornada y siempre que el servicio fuera de mi agrado. Accedí guiado tan solo por mi instinto. Abdul habla 5 idiomas y se defiende en otros 5 más. Nadie le enseñó. Aprendió en la calle, escuchando y practicando guiado por la necesidad. Me acompañó al Kasbah y a los jardines del Sultán, al pequeño Zoco, a la Medina y la Alcazaba, a almorzar en el Marhaba y a tomar café en el Hotel Minzah. Pero también la otra cara de Tánger, la alejada del centro comercial, esa a la que rodea la miseria y el hambre. Niños descalzos en la calle, ancianos de mirada perdida, mujeres encorvadas del pesado trabajo que le tocó realizar. 

Y todo en una ciudad rodeada de palacios y casas señoriales que se caen a pedazos, vestigios de un pasado en el que fue colonia española y francesa. Abdul cumplió con creces su cometido siempre con una sonrisa en los labios. Según me dijo, es el sustento económico de una familia que, además de sus dos mujeres (en Marruecos se acepta la poligamia), la componen cinco hijos y dos abuelos. Y todo en una casa de 60 metros cuadrados. Esos 20 euros es el único sueldo que entra en su casa cada tres días ya que, debido al elevado número de guías oficiales que trabajan en Tánger, solo se les permite trabajar dos días a la semana. A Abdul se le humedecen los ojos cuando habla de la Alhambra de Granada y de la Mezquita de Córdoba. Del parque de María Luisa en Sevilla o del tabanco que visitó en Jerez. Eso fue hace 40 años, cuando era joven y trabajaba en España de sol a sol para mandar dinero a su familia. 

Ahora, que el gobierno alauí impide atravesar con normalidad el estrecho, añora esos momentos con la mirada perdida. Abdul me dejó puntual a la entrada del puerto. Le prometí buscarle la próxima vez que visitara Tánger. Fiel al pacto le entregué los 20 euros a los que añadí otros 20 con un guiño de complicidad. Un fuerte apretón de manos selló el adiós. Al volver la vista atrás me saludó con la mano esbozando una sonrisa agridulce. Tánger está tan solo a 35 minutos de una España que observa en su televisor de plasma hablar de crisis económica, de jesulines y campanarios, de Bárcenas y Puyoles, de la subida del precio del gasóleo.